No hay nadie más ignorante e inútil que aquel, que de rodillas y con los ojos cerrados busca una respuesta.
Cualquier creyente es capaz de detectar casi sin esfuerzo las más que evidentes estupideces de las religiones distintas a la suya aunque sin embargo, en un ejercicio de la más absoluta e interesada irracionalidad no quiere admitir que sus creencias son igualmente tan estúpidas y delirantes que las de esos herejes e impíos a los que desprecia por no aceptan la más que subjetiva "verdad" de su dios particular.
El siempre lúcido Jacque Fresco explica en un par de minutos el absurdo sinsentido de la religión y desmonta ese mito al que se aferran los más ignorantes y cobardes humanos de un dios benevolente y más que bondadoso, que sin embargo castiga a unos pobres monos con enfermedades, plagas, hambrunas y demás calamidades además de una eternidad infernal en cuanto se enfada con sus deficientes criaturas, esas mismas que supuestamente ha diseñado de la manera más "inteligente".
Los verdaderos religiosos, esos pocos (gracias a Monesvol) que siguen al pié de la letra los dictados de profetas dementes, en realidad son unos psicópatas de manual, que en algún momento de un futuro más racionalista cuando la psiquiatría se libere de las cadenas de la religión deberán ser tratados adecuada y profesionalmente.
El humorista anglosajón David Cross define perfectamente el verdadero valor de la Biblia: un conjunto de chismes, invenciones y desatinos al que media Humanidad venera fanáticamente, cuando no es más que la versión antigua de ese famoso juego infantil de teléfono estropeado.
Todos los creyentes tienen algo en común: consideran estúpidas las creencias en otras deidades, aunque en su infinita ignorancia no se dan cuenta de que sus dioses son tan estúpidos como el resto.
¿Qué pasaría si los ateos hiciésemos uso de esa libertad de la que disponen los ignorantes creyentes para ir a sus casas a llevarles la buena nueva del conocimiento, de la ciencia, del pensamiento crítico y del racionalismo?
Llegará un día en el que el adoctrinamiento infantil será considerado como lo que es: simple y criminal maltrato infantil que termina convirtiendo la mente de un niño curioso en un adulto descerebrado incapaz de razonar, esclavo atado a los delirios de profetas dementes y sobre todo a la manipulación de sotanados de toda condición.
Desde hace años los republicanos estadounidenses llevan orquestando una campaña para que en los colegios desaparezca cualquier alusión al sexo o a personajes o comportamientos que ellos en su pacata visión de cristiano-fascistas sea "inmoral". Y ahora que han conseguido aprobar multitud de leyes represoras parece ser que el tiro les ha salido por la culata.
Si ya es vergonzoso que la iglesia católica, la institución más rica de España, no pague impuestos ahora con una mal entendida democracia este privilegio se amplia a cualquier otro grupo de idiotizados que adoren a la alucinación de su elección.
Aunque a los cristianos se les llena la boca de amor, paz y demás, la cruda realidad es que adoran al ser quizás más perverso que la siempre fértil imaginación humana haya podido inventar.
Los verdaderos religiosos, esos que siguen al pié de la letra los dictados de profetas dementes, en el fondo son unos psicópatas de libro, que en algún momento del futuro cuando la psiquiatría se libere de las cadenas de la religión serán tratados adecuada y profesionalmente.
Una de las más importantes lecciones que no entienden los pobres ignorantes infectados por el virus de la fe, es que sus adorados profetas (esos que supuestamente fueron elegidos por una deidad omnisciente para transmitir su perfecta voluntad) fueron simplemente hombres de su tiempo y como tales, tal y como bien se indica en esta breve discusión entre un matrimonio mormón de la interesante serie “Por mandato del cielo”, si vivieran ahora solo podrían ser considerados como pervertidos que bajo las actuales leyes estarían encerrados en la cárcel largos años.
Este es quizás el minuto más esclarecedor de la opresiva prisión de la religión: el hacer que unos niños sin capacidad alguna de racionalismo asuman las delirantes supersticiones de sus padres.