El siempre racionalmente incisivo Sam Harris es capaz de mostrar en tan solo un par de minutos
esa más que horrenda inmoralidad de creer en ese diosecillo judeocristiano celoso, perverso y
egomaníaco, una entidad supuestamente benevolente que sin embargo es capaz de torturar de la manera más horrible a inocentes por haber cometido el error de nacer en un lugar o en una época inadecuados, mientras que por otra parte colma de
felicidad y dicha a los peores asesinos, criminales y genocidas siempre y cuando le acepten en su último suspiro vital.


















