Evolutivamente hablando, el cerebro humano ha sido afinado
por la selección natural durante varios millones de años en la búsqueda y reconocimiento de patrones.
Y esta poderosa herramienta, que ha permitido no sólo la supervivencia
sino también al incontestable éxito evolutivo de nuestra especie
(triunfo que por cierto está llevando a la extinción a gran parte de la
biodiversidad del planeta) tiene unas limitaciones que nos predisponen a
la superstición en todas sus variantes. Y esta es la base de que las
pseudomedicinas parezcan tener algún efecto, aunque el hecho de que
nuestro cerebro se engañe de vez en cuando no significa que el resto de
nuestro organismo también lo haga.
A la hora de tomar decisiones los humanos utilizamos en primera instancia el famoso «Sistema 1» de pensamiento identificado por los pioneros de la ciencia cognitiva Daniel Kahneman y Amos Tversky.
Ese sistema, basado en intuiciones y sesgos cognitivos, fue
absolutamente vital para nuestra supervivencia en nuestros entornos
ancestrales, en donde la toma de decisiones tenía que ser lo más rápida
posible y en presencia de escasos datos, puesto que cualquier dilación
podía hacer terminar a nuestros antepasados como plato principal de la
infinidad de depredadores que acechan en el siempre peligroso mundo
salvaje.

Pero este sistema automático, emocional, estereotipado y
subconsciente; que nos lleva en demasiadas ocasiones a confundir
causalidad con casualidad, a tomar conclusiones precipitadas basándonos
en unos pocos datos conocidos sin tomar en cuenta otros datos también
disponibles o simplemente en nuestra limitada experiencia personal,
exagerando el efecto de las primeras impresiones, es muy poco útil en la
mayoría de las situaciones de la vida moderna, en donde ya casi no hay
que tomar decisiones instantáneas ya que ahora nos solemos enfrentar a
problemas complejos cuyos efectos pueden tardar demasiado tiempo en ser
evidentes, como pueden ser elegir carrera universitaria, comprar una
casa por una hipoteca que nos va a acompañar casi el resto de nuestras
vidas o como el caso que nos ocupa, la siempre esquiva relación entre
enfermedades y posibles tratamientos médicos.
Y
aún así, en pleno siglo XXI cuando la ciencia moderna ha desarrollado
un potente conjunto de herramientas (experimentos de laboratorio o con
animales
y ensayos clínicos aleatorizados de doble o triple ciego)
que nos permiten superar estas evidentes limitaciones de nuestro
pensamiento más rápido y emocional (al menos en la faceta sanitaria),
millones y millones de personas en el mundo occidental siguen creyendo
que las más diversas pseudomedicinas tienen poderes terapéuticos
simplemente porque se hacen caso del remedio con que su amiga o vecino
le aconsejan (aunque por supuesto la primera sea abogada y el segundo
fontanero y no sepan diferenciar el páncreas del hígado o confundan un
virus con una bacteria) o porque ese resfriado que ya empezaba a curarse
de manera natural coincidió con la administración de una simples
pastillas azucaradas.

Y aunque nuestro cerebro se deje engañar por esos sesgos tan
profundamente incrustado en nuestra psique, otros elementos de nuestra
fisiología no, tal y como muestra un trabajo publicado hace algunos años en una revista científica. En el estudio se analizó el posible
papel de las mal llamadas «vacunas homeopáticas» sobre el sistema
inmune. Los investigadores seleccionaron a 150 estudiantes
universitarios a los que se dividió en tres grupos diferentes de 50
componentes. El primer grupo fue el siempre necesario control,
individuos que únicamente recibieron placebo en forma de pastillas e
inyecciones. A un segundo grupo de adolescentes, que se consideró el
control positivo, se le administraron dos de las vacunas habituales: la
triple vírica frente a rubeola, sarampión y paperas y la vacuna contra
tétanos, difteria y tosferina. Al tercer grupo se le inoculó las
supuestas «vacunas homeopáticas» frente a los seis patógenos antes
mencionados.
El primer resultado destacable es que el 37% de los individuos del
grupo del placebo y el 38% de los integrantes del grupo homeopático
presentaron algún efecto secundario entre una larga lista de lo más
variado. Señal de que la simple indicación de un posible tratamiento,
aunque sea ficticio, es capaz de desencadenar diversos tipos de
reacciones. Hecho que demuestra el poderoso poder de sugestión de la
mente humana. Por el contrario, en el grupo de vacunados realmente este
porcentaje aumentó al 75% de los integrantes, efectos secundarios que se
podían dividir en dos grandes grupos: los mismos que mostraron los de
los anteriores grupos más los ligados a una verdadera vacunación:
enrojecimiento de la zona vacunada o dolor en el músculo y en el brazo
del pinchazo, señales compatibles con el desarrollo de una respuesta
inmune frente a los patógenos inactivados que se inocularon.
Además, a todos los integrantes del estudio se les midieron los
niveles de anticuerpos específicos contra los patógenos antes del inicio
del estudio (puesto que muchos de ellos estaban previamente vacunados
frente a estos virus y bacterias) para así obtener el valor basal. Y
posteriormente se volvió a analizar sus niveles de anticuerpos
específicos a las tres semanas del inicio de la prueba para determinar
si los distintos preparados habían estimulado o no al sistema inmune. Los datos que se presentan en la siguiente gráfica son manifiestamente esclarecedores:

Mientras que los niveles de anticuerpos frente a las bacterias y los
tres virus habían aumentado significativamente en el grupo que habían
recibido las verdaderas vacunas, los valores obtenidos en los individuos
tratados homeopáticamente eran indistinguibles de los correspondientes a
los del grupo placebo. Algo que venía a corroborar lo que cualquier
persona mínimamente racional puede deducir de la simple lectura de la
composición de los preparados homeopáticos: que son idénticos a los
placebos, puesto que no contienen sustancia alguna que pueda
desencadenar ninguna reacción medible, salvo la subida del nivel de
glucemia si se abusa de estas pastillitas de azúcar.
En resumen, que la homeopatía puede engañar a los creyentes, pero
nunca a esas más que eficaces células del sistema inmune que nos
protegen de los siempre peligrosos patógenos.