Los teólogos llevan milenios devanándose los sesos (inútilmente por otra parte) por el irresolube Problema del Mal, ya que en su infinita debilidad mental deben asumir una gran contradicción: que su dios es todopoderoso y magnánimamente benevolente.
No hay nadie más ignorante e inútil que aquel, que de rodillas y con los ojos cerrados busca una respuesta.