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9 de septiembre de 2026

Una criminal paradoja: Los niños tienen toda la protección posible excepto en materia sanitaria

En el tema de las vacunas siempre queda un nunca resuelto y peligroso debate acerca de su obligatoriedad en contraposición a la supuesta "libertad" de los padres para decidir, aunque se errónea y hasta criminalmente sobre sus hijos.

Personalmente, en cuanto escucho en temas relacionados con la infancia el argumento de la "libertad de los padres" me echo a temblar, porque en la práctica esa "libertad" implica siempre la subordinación (y muchas veces el incumplimiento) de los más elementales derechos de la infancia (que además están recogidos en la legislación tanto nacional como internacional) a las creencias de los padres, por más estúpidas, irracionales o peligrosas que estas sean: civiles o religiosas.

Así a lo largo de los años debatiendo con internautas en diferentes foros y webs varias sobre el tema he obtenido básicamente tres tipos de "argumentos" contra las vacunas. El primero es que las vacunas son un negocio para las farmacéuticas, malvadas compañías que sólo quieren ganar dinero a costa de los ciudadanos. Poer lo más sorprendente de este patético "argumento" es que es defendido por personas que están conectadas a la web, es decir que han comprado un PC o un portátil a una multinacional informática, dispositivos que llevan de serie un sistema operativo Windows cada vez más malo, que seguramente disponen de un IPhone u otro smartphone de alta gama y que pagan religiosamente una tarifa plana a su compañía telefónica, empresas todas ellas (Acer, Apple, Toshiba, Microsoft,  Telefónica o Vodafone) caracterizadas como todos sabemos por ser unas admiradas ONGs dirigidas por ascetas, monjes y hermanitas de la caridad, preocupados únicamente por el bienestar de los ciudadanos y que jamás piensan en balances y mucho menos en esos beneficios, a los que únicamente parecen ser adictas las empresas farmacéuticas y no el resto de corporaciones de otros sectores económicos.

Pero es que además esas mismas multinacionales que venden vacunas, también venden otra larguísima infinidad de medicamentos, tratamientos y equipamiento médicos que se utilizan frente a los mismos patógenos que cubren las vacunas, por lo que visto en perspectiva a estas compañías les saldría mucho más a cuenta (tanto en facturación como en beneficios) si por arte de magia los antivacunas convencieran a todo el mundo de no administrarse ninguna vacuna, porque en ese caso millones de personas (que actualmente no enferman y se salvan por los pocos euros que cuestan las vacunas) necesitarían a la postre largos, complejos y costosos tratamientos intra y/o extrahospitalarios ¿o es que ya nadie se acuerda de esos carísimos pulmones de acero que mantenían (en una por otra parte miserable vida) a esos miles de pacientes paralizados por el virus de la polio antes de inventarse su remedio vacunal? aparatos que en actualidad ya ni siquiera se fabrican porque no existe mercado para este tipo de productos.



Y por supuesto hay otro sector económico que se beneficiaría mucho de la desaparición de las vacunas, tal y como muy irónica pero certeramente expone en este video el siempre racionalmente ácido Dr. House: 
 
 
El segundo argumento es el de que no hay que imponer las vacunas, ya que es mejor convencer porque los castigos son contraproducentes. Pero esta patética argumentación argumentación choca con la más elemental lógica social, porque si hay que convencer entonces ¿un padre puede llevar a sus hijos pequeños en el coche sin la sillita reglamentaria?¿o un conductor puede saltarse un semáforo en rojo o viajar a 300 km/h sin riesgo a ser multado porque siempre es mejor hacer pedagogía para que abandonen tan peligrosos comportamientos tanto para ellos como para el resto de sus convecinos? Lo que parecen no entender estos "moderados educadores" tan refractarios a la represión es que vivir en sociedad implica un recorte diario y constante de las libertades individuales en pos del conjunto de la sociedad que necesita de una imposición cotidiana de normas, porque con solo pedagogía una persona podría orinar o defecar en donde le plazca, podría tirar la basura a la calle por la ventana, agredir a quien nos caiga mal porque se ha colado en la cola de un cine o de un supermercado. Porque la realidad es que vivir en sociedad es estar sujeto a un inabarcable conjunto de regulaciones, leyes y normativas que limitan nuestra "libertad" individual para hacer posible la convivencia de millones de personas en nombre de un bien común.
 

Y el tercer argumento principal es que imponer las vacunas llevará inexorablemente a una especie de"dictadura" de los expertos, que anula la capacidad de elección de los ciudadanos. Y yo me pregunto ¿estos individuos viven en un poblado yanomami en medio de la selva del Amazonas o como los aborigenes de Nueva Guinea Papúa? Porque en el mundo desarrollado llevamos décadas cuando no siglos viviendo bajo el control de los expertos ¡y menos mal!, profesionales que regulan en la práctica todos y cada uno de nuestros actos desde desde el nacimiento hasta la muerte y desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Dejando de lado el tema del tráfico rodado anteriormente citado, los expertos impiden que se pueda una bloque de 20 alturas en donde el dueño del terreno le parezca bien, ya que unos peritos obligan a construir de una manera determinada y con unos materiales especiales para que la estructura sea resistente. Tampoco se puede tirar la basura o los restos fecales a la calle como he indicado antes porque otros especialistas dicen que eso aumenta las probabilidades de epidemias entre la población. Por supuesto infinidad de técnicos varios regulan (y ¡pobres de nosotros si hacen mal su trabajo!) la calidad del agua, del aire, de la comida, de los transportes que usamos y ya de paso de todos y cada uno de los productos que compramos o utilizamos desde que nos levantamos por la mañana hasta que nos acostamos al anochecer. Porque aunque muchos no se paren a pensarlo, vivimos en un mundo regulado por un larguísimo número de normas y leyes basadas en el conocimiento científico que nos permiten vivir bastante confortablemente sin tener que preocuparnos si la TV o el flamante coche que hemos comprado, el avión en el que viajamos, la carne o el pescado que comemos o la casa en la que vivimos son adecuados y seguros y por ello no acabamos estafados, heridos o hasta muertos porque esos miles de objetos y servicios que nos rodean a diario cumplen con unas cada vez más estrictas normas de seguridad reguladas por ley y extraídas de nuestro cada vez mayor conocimiento científico-tecnológico. 
 

Y sin embargo en quizás uno de los temas prioritarios de nuestra vida, nuestra salud tanto individual como colectiva debemos paralizar todo este conocimiento científico-técnico obtenido gracias al esfuerzo de millones de investigadores y médicos a lo largo de los dos últimos siglos y dejar en manos de la "libertad" de elección de un padre que, aunque se preocupe mucho por su descendencia y trabaje como un mulo para dar lo mejor a sus vástagos, puede que sea incapaz de diferenciar un virus de un tomate o una bacteria de una sardina. ¡Misterios de la democracia mal entendida!

Y ya finalmente para terminar simplemente recordar un hecho clave que parece que siempre olvidan todos los interesados e ignorantes antivacunas del mundo: un niño tiene sus propios derechos, ya que no es una mera posesión de sus padres como si fuera una cabra o una vaca, y entre ellos está el derecho fundamental a recibir una atención médica adecuada. Y este derecho debe estar por encima de la libertad de actuar irresponsablemente de los padres tal y como lo recoge la Convención de los Derechos de los Niños. Es más, no vacunar a un hijo es tan maltrato infantil como hacerle pasar hambre, encerrarle en el sótano o agredirle física o mentalmente y como tal debería estar perseguido por la ley en cualquier país del mundo que quiera considerarse mínimamente civilizado.
 

 

 

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