Cristianos y musulmanes comparten una estúpida y peligrosa
obsesión. Así, afirman (sin prueba alguna que lo apoye por cierto) que son los
elegidos por un dios absolutamente benevolente que les recompensará con toda
una eternidad de gozo en compañía de angelitos prepúberes o por tropecientas
mil vírgenes según la particular religión elegida.
Sin embargo, ante este horizonte de inmenso placer en lugar
de regocijarse por su infinita suerte se dedican en cuerpo y alma, con todo su
tesón a intentar convencer al resto de los mortales y cuando sus patéticas
súplicas e ignorantes “argumentos” fallan pues denigran, insulta, agreden y
hasta matan a quienes no queremos alabar a su miserable diosecillo inventado
por profetas dementes y hasta pederastas.



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