La superstición (y su hija evolucionada, la religión), lejos de ser ese supuesto don en el que han caído profetas alucinados de toda época y condición, es el simple resultado de una inexorable selección natural que lleva millones de años moldeando nuestros cerebros y nuestro comportamiento (tanto individual como colectivo) de primates en esa incansable búsqueda de patrones que nos han permitido medrar en el planeta con innegable éxito, aunque para ello hayamos tenido que ir más allá del mundo natural e inventarnos un inexistente mundo supranatural, que a día de hoy es una terrible rémora en nuestro desarrollo como una especie que quizás nunca llegue a hacer honor a su rimbombante apelativo.
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