En cualquier conversación con creyentes sobre religión, más temprano que tarde los piadosos exponen su argumento final, esa última trinchera, esa alcazaba fortificada en
donde se encierran después de haber abandonado ante las pruebas todo el campo de batalla,
esperando poder contener el avance imparable de las huestes de la razón: la desesperada petición de "la
prueba de la inexistencia" de su (por supuesto) único dios, que los otros parece que no
pueden refugiarse en tan reducido espacio.
Y la cuestión fundamental en todo este ya viejo asunto es que los creyentes manipulan
la cuestión al afirmar categóricamente que la ciencia no puede ni podrá nunca demostrar
la inexistencia de dios, porque aunque en principio esa afirmación no es punto
central del debate. Ya que sin embargo lo que la ciencia sí que puede (y de
hecho ya lo ha demostrado más allá de toda duda razonable) es mostrar la total y rotunda equivocación
de los creyentes.
En primer lugar, desde ya hace casi cinco siglos ha quedado en evidencia que
la cosmología de todas y cada una de las diferentes religiones inventadas por delirantes profetas y otros igualmente confundidos mediadores de lo divino, y que recordemos son la palabra
verdadera de cada uno de las respectivas deidades supuestamente todopoderosas y omniscientes,
es científicamente imposible: tortugas que soportan el peso de nuestro planeta,
Sol, planetas y estrellas que giran alrededor de la Tierra, y ese largo cúmulo
de errores plasmado en todas las cosmovisiones (a cual más infantilmente estúpida) de los diferentes pueblos y
culturas del planeta.
Y en segundo lugar, es que a lo largo de casi los dos últimos siglos
todas
las pruebas obtenidas de los más variados campos del conocimiento:
antropología, biología evolutiva, historia, neurociencia, psicología, psiquiatría etc., adquiridas por
miles de investigadores de todo el mundo indican que el fenómeno religioso es un
producto todo lo complejo que se quiera, pero producto al fin y al cabo de la actividad neuronal de
nuestro cerebro primate y de las presiones evolutivas a las que lleva sometido desde hace cientos de miles de años. Para decirlo más
rotúndamente si cabe: que todos y cada uno de las deidades (sean estas las que sean) residen única y
exclusivamente en el cerebro de las personas religiosas como resultado del malfuncionamiento de ese por otra parte prodigioso órgano de pensamiento.
En resumen, que mientras los creyentes creen que están seguros tras
los
gruesos muros de su última fortaleza, la ciencia ha socavado el terreno y
ha atacado por vía aérea hasta reducir a cenizas todo el castillo. Pero
por supuesto ellos, incapaces de
comprender el nuevo conocimiento acumulado, siguen pensando que sus
lanzas y
armaduras les van a servir de algo, mientras no se dan cuenta que no son
ya más
que cadáveres que llevan varios siglos pudriéndose al sol.




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