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31 de julio de 2014

Plaga de brujas en la India



En el mundo occidental hemos llegado a controlar (con mayor o menor éxito o fortuna) una de las más dementes locuras de la religión, que es la creencia en demonios y posesiones, aun cuando todavía de vez en cuando el mediador de lo divino de turno nos sorprenda con sus apocalípticas diatribas de seres demoniacos campando a sus anchas por nuestras tecnológicas ciudades (tanto españolas como del resto del mundo) y amenazando la paz espiritual de esos incautos seres carcomidos por el cáncer de la fe. Declaraciones éstas que, afortunadamente la mayoría de los ciudadanos recibimos con una mezcla de incredulidad y sarcasmo, pensando que estos ancianos seniles vestidos de carnaval bien harían en retirarse a una clínica especializada en curas de reposo y tratamientos farmacológicos para intentar equilibrar sus maltrechos cerebros y vivir sin alucinaciones durante los pocos años que les resten de vida. Pero muy desgraciadamente, fuera de la burbuja cuasiracional de los países occidentales la realidad es muy distinta y estas supersticiones tienen gravísimas consecuencias para los de siempre, los más débiles.

Así, hace algún tiempo comenté las espeluznantes estadísticas sobre brujería, posesiones demoniacas, exorcismos y persecuciones que se extienden descontroladamente por toda África contra miles de mujeres y niños, acusados de brujería por sus propios e ignorantes convecinos y familiares y con el beneplácito, la colaboración y la guía de las diversas religiones que parasitan al pobre y olvidado continente negro. Pues bien, estos fanáticos comportamientos lejos de circunscribirse al cristianismo también ocurren bajo las supuestamente pacificas religiones orientales, ya que tal y como denuncian diversos medios de comunicación de la India, sólo en la última década de este siglo XXI varios miles de personas acusadas de brujería han sido asesinadas en el país. Y por supuesto son los niños y las mujeres o muy jóvenes o ancianas, pertenecientes casi siempre a las clases más pobres y a las castas más inferiores, los que sufren las consecuencias de esta terrible mezcla de ignorancia y fanatismo en cuanto ocurre alguna desgracia en el seno de la familia, la aldea o la tribu, por lo que podrán imaginar que, en un país asolado recurrentemente por monzones, sequías, hambrunas, enfermedades y el largo etcétera de calamidades a las que se enfrentan estos habitantes olvidados del más miserable tercer mundo, ocasiones nunca faltan para denunciar a una bruja por su supuesta perversa influencia. Y desgraciadamente, frente a estos hechos las autoridades de país muestran un criminal comportamiento que oscila entre el abandono o la desidia y hasta a veces el encubrimiento e incluso la colaboración con estos delitos medievales, que muy desgraciadamente siguen siendo tolerados en medio mundo por el incuestionable, sacrosanto y mal entendido derecho a imponer las creencias por muy desatinadas, irracionales o criminales que estas sean.


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