Porque da igual que un creyente rece a un cristo sanguinolento o mirando a La Meca o que lleve tirabuzones en el pelo y absurdos gorritos a cual más estrafalario, en el fondo son todos iguales: sexistas y patriarcales a más no poder.
Porque no es el amor, ni la humildad, ni la bondad lo que dirige a la religión (por mucho que lleven milenios engañando los sotanados de turno), es tan solo el control de la sexualidad femenina y sobre todo de la paternidad. Ya que lo que siempre han querido los machos supuestamente sapiens es tener un acceso exclusivo y un control total de la vagina de las mujeres, para así poder asegurarse que sus putativos hijos son con total seguridad genéticamente suyos y nos del vecino de al lado o del cartero.
Y por eso, mucho antes de que la Ciencia inventara las pruebas genéticas de paternidad la única forma que tenía un macho varón de saber que sus vástagos eran de su progenie consistía en limitar, cuando no cercenar con horribles mutilaciones el deseo sexual femenino, amén de tener a la esposa atada a la pata de la cama como una cabra como reza el viejo dicho castellano.
Porque analizado desde un punto de vista no solo racionalista, sino también científico las religiones son solo otro producto antropológico-cultural más sujeto a la siempre inexorable y atea selección natural para cumplir el principal axioma evolutivo: perpetuar los genes ¡propios! a costa de cualquier cosa, incluido el sufrimiento, la humillación y hasta la esclavitud mental y también física de miles de millones de mujeres a lo largo de nuestra ya dilatada historia como la única especie de monos bípedos sobre la faz de la Tierra.
Y lo más increíble de todo este asunto es que aquellos que más vehemente niegan a la atea y azarosa evolución son los que más encadenados están a ella.



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