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PARA SU INFORMACIÓN: Los ateos no creemos en ninguno de los 2.700 dioses que ha inventado la humanidad, ni tampoco en el diablo, karma, aura, espíritus, alma, fantasmas, apariciones, Espíritu Santo, infierno, cielo, purgatorio, la virgen María, unicornios, duendes, hadas, brujas, vudú, horóscopos, cartomancia, quiromancia, numerología, ni ninguna otra absurdez inventada por ignorantes supersticiosos que no tenga sustento lógico, demostrable, científico ni coherente.

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17 de febrero de 2018

Ya no hay verdaderos creyentes



La verdad es que por mucho que insistan, la inmensa mayoría de los creyentes no confían para nada en su supuestamente todopoderoso y más que benevolente dios. Y el ejemplo más evidente de esta esquizofrenia mental es la sanidad.

Si una persona supuestamente tiene una relación especial con su dios, un ente omnisciente, todopoderoso, misericordioso y más que dedicado al cuidado de su rebaño humano, no debería necesitar más. Pero sorprendentemente, en cuanto el supuesto creyente sufre la más mínima molestia, dolor o enfermedad acude raudo a la más que atea medicina científica a intentar evitar ese fallo cardiaco o renal, esa galopante infección por parte de esos patógenos exquisitamente diseñados para matar o ese más que terrible cáncer que en ausencia de la quimio o la radioterapia acabaría con el piadoso enfermo en unos pocos meses. 

Y de este comportamiento sólo se puede deducir de manera racional una única conclusión: esos más que cobardes creyentes lo son únicamente de boquilla, pues en el fondo de su más que escaso intelecto bien saben que allí fuera no hay nada y que por mucho rezar, sin antibióticos, cirugía o radioterapia acabarán más pronto que tarde en la fosa, sirviendo de festín a los gusanos, porque tampoco hay cielo alguno que les espere. Y por eso se agarran a la única vida que de verdad tienen, este supuesto valle de lágrimas que no quieren abandonar de ninguna de las maneras. 


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