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20 de julio de 2011

Diseño inteligente y naturaleza despiadada

En la eterna justificación de una creación divina del Universo los religiosos siempre echan mano de los mismos tópicos basados en la famosa, antigua y falsa analogía del relojero del teólogo británico William Paley. Y por supuesto estos individuos siempre ponen de ejemplo el maravilloso diseño de bellos seres vivos como la gacela o las flores. También argumentan con algunos intrincados mecanismos como el ojo humano. Sin embargo se han documentado infinidad de mecanismos, comportamientos o estructuras biológicas en multitud de especies que muestran que no son tan perfectos como los teístas nos intentan convencer. Ello es razonable porque las especies vivas en un momento determinado de la larga historia natural, no están totalmente finalizadas como el creacionismo supone sino que como son el resultado de procesos evolutivos en continua transformación, nunca se encuentran idealmente adaptadas a su entorno ya que este tampoco es un estado absolutamente fijo e inmutable. Así la aparición de un nuevo depredador, competidor ó patógeno junto con las oscilaciones o los cambios del medio ambiente, el entorno y el clima obligan a las diferentes especies a afinar su adaptación desechando órganos y comportamientos que eran adecuados en el viejo escenario y desarrollando nuevas funciones o aptitudes que les permitan seguir sobreviviendo en el nuevo entorno. Pero además hay una faceta de la naturaleza que casi nunca intentan explicar los creacionistas y es el infinito dolor presente en todo momento en cualquier ecosistema. La bella estampa de la grácil gacela, que tanto nos admira y que demuestra la existencia de un diseñador divino para los religiosos, no es fruto del azar o de una mente prodigiosa sino que es el resultado de una terrible adaptación que durante millones de años ha ido obligando a la gacela a ser cada vez más rápida para poder sobrevivir en un entorno plagado también de bellos pero terribles felinos depredadores. Así en esta intemporal carrera armamentista la gacela y el guepardo han ido adaptándose mutuamente de tal forma que la gacela intenta sobrevivir el máximo tiempo posible, dando como resultado su estilizada figura, para así poder perpetuarse dejando el mayor número de descendientes antes de que inexorablemente el guepardo acabe dándole alcance con sus rápidas y maravillosas patas para luego matarla con su adaptadas pero terribles mandíbulas. No hay poesía en la naturaleza inspirada por un magnánimo y artístico creador, solo terror en la presa y hambre en el depredador.

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