A lo largo de los años, cualquier adulto mínimamente sensato
y racional se ha ido encontrando por el senda de la vida con múltiples
individuos, que justifican la veracidad de ese conjunto heterogéneo en la forma,
pero idéntico en su estructura interna de las supersticiones: la homeopatía y
el resto de pseudomedicinas, las sanaciones milagrosas y demás alucinaciones
inventadas a lo largo de los siglos por estafadores de todo pelaje para
tranquilizar las almas y aligerar los bolsillos del incalculable número de simples
mentales que abarrotan nuestro ya superpoblado mundo.
Y en la mayoría de los
casos tras un corto intercambio de argumentos por ambas partes, el creyente
intenta zanjar la discusión con la que parece ser la prueba definitiva. Y es
ésta:
"Pues a mí, o a mi vecino, o a mi primo de Cuenca, o a alguien que conozco o que me han comentado que vive en algún lugar ME (LE) HA FUNCIONADO la ... (sírvase poner el nombre de la respectiva superstición objeto de la discusión)"
Y tras ello cierran su mente (si es que en algún momento la
han mantenido mínimamente abierta a los hechos o a los razonamientos) y
cualquier posterior argumentación del oponente es considerada como una muestra
ofensiva contra su persona o sus creencias.Y este razonamiento en principio impecable
Si alguien se ha curado con la "terapia X" entonces es que esa misma "terapia" puede ser efectiva y por tanto debe permitirse y hasta financiarse con cargo a los presupuestos del ministerio de sanidad
encierra un importante conjunto de fallos del pensamiento lógico
y del análisis crítico de la realidad, alguno de los cuales comentaré a continuación.
La especie humana y la gran mayoría (sino todas) de las
animales tienen incorporadas en el cerebro el concepto de probabilidad, ya que
sin él es imposible la supervivencia. Así por ejemplo en el medio salvaje la búsqueda
de comida por parte de cualquier animal no suele ser algo absolutamente azaroso
sino que dependiendo de diversos factores: la época del año, el entorno, su
experiencia previa, etc el animal toma decisiones inconscientes sobre donde es
más probable encontrar una fuente de alimento y hacia allí es donde suele
dirigirse. Lo mismo hacemos los humanos todos los días, así sin necesidad de haber
visto el pronóstico meteorológico o sin siquiera mirar por la ventana si
tenemos mucha prisa antes de salir de casa podemos decidir coger o no el paraguas.
Si estamos en otoño y ayer llovió, optar por llevar el paraguas es una buena idea
y tendremos una alta probabilidad de acertar. Por el contrario a nadie se le
ocurriría acarrear ese mismo artefacto un 15 de julio después de una noche
sofocante de calor seco, aunque a veces las improvisadas tormentas de verano
pueden llegar a ser torrenciales, pero asumimos que el riesgo es bajo y salimos
de casa en sandalias. En estos ejemplos comentados hemos combinado nuestra
experiencia con el concepto de probabilidad para tomar una decisión racional aunque
a veces podamos equivocarnos. En este contexto, si viéramos a mucha gente
paseando con paraguas y botas de agua durante el tórrido verano español pensaríamos
que algún extraño fenómeno meteorológico (del cual nosotros no nos hemos
enterado) está ocurriendo o que existe una epidemia contagiosa que afecta al
raciocinio de nuestros convecinos. Por tanto, de forma similar deberíamos estar
absolutamente extrañados por los comportamientos supersticiosos respecto a la salud que habitualmente reproducen millones de
personas basados en un mal cálculo de la probabilidad. Un ejemplo de ello es el
que ya comenté en una
entrada ya algo antigua pero que sigue completamente vigente.
Cientos o quizás miles de millones de personas ruegan o han
rogado por ejemplo por una curación milagrosa. Si esto fuera como jugar a la
lotería de vez en cuando no habría problema, casi con seguridad perdemos una
cantidad ridícula de dinero pero tenemos la posibilidad de llegar a ser ricos.
Sin embargo, cuando alguien quiere que su dios particular obre el milagro de
sanar a un pariente aquejado de una grave enfermedad con un par de
padrenuestros rezados cada año al tuntún y sin fe alguna no vale. Los dioses
son celosos y como los niños malcriados necesitan toda la atención posible de
sus acólitos. El solicitante por tanto, debe dedicar o eso nos dicen sus
mediadores terrenales (rabinos, sacerdotes, predicadores varios, imanes, etc) ingentes
cantidades de su tiempo, su esfuerzo y la mayoría de las veces su dinero en
convencer a la irascible divinidad de turno de que se es merecedor de ese
sagrado y altamente improbable milagro. Y como en realidad los dioses son muy
rácanos en sus concesiones, pues a la larga la inmensísima mayoría de sus
peticionarios (en el hipotético caso de que alguna curación milagrosa haya sido
cierta) acaban defraudados después de largos años de peregrinajes a santuarios,
procesiones, rogativas, rezos, humillaciones y demás parafernalia degradante y
estéril y por supuesto con su familiar, amigo o ellos mismos en la misma o peor
situación que la que se encontraba al inicio de la infructuosa negociación con
el sujeto celestial.
Algo similar ocurre con las pseudomedicinas. Para curar la
grave enfermedad que nos aqueja, no sirve con tomar una o dos veces el
compuesto homeopático o ir a una sesión de magnetoterapia o de Reiki por muy
caros que éstos sean. Debemos cumplir rutinariamente con las indicaciones del
"experto" y pagar las "medicinas alternativas", las
sesiones mágicas y demás complementos muchas veces durante años, con la terrible
posibilidad de abandonar tratamientos médicos válidos con el consiguiente
perjuicio para la salud. Además como todas publicitan de igual y mentirosa
manera sus supuestas bondades, no tenemos elementos de juicio adecuados para poder elegir racionalmente
entre ellas, por lo que muchas personas acaban acudiendo a una amalgama aleatoria
de ellas a lo largo de su enfermedad dependiendo de rumores, cuentos de patio
de vecindad, recomendaciones de compañeros de trabajo o amigos que conocen a
alguien que parece ser que se ha curado con tal o cual remedio alternativo. Así
que si al final analizamos con rigor nuevamente el tiempo, el esfuerzo y el
dinero invertido en estas terapias pseudomédicas llegaremos a la triste
conclusión que únicamente se pueden calificar como estafas porque la curación
no llega nunca y mientras tanto los supuestos "sanadores de lo
natural" han obtenido un buen rendimiento económico que en algunos casos
consiste en verdaderas fortunas con sus viejos pero eficaces trucos de feriante
parlanchín.



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