El que una persona crea en cualquier estupidez no tiene relevancia alguna. Pero cuando millones de personas creen en una tontería, que casi siempre es antagónica a la majadería que otros millones de personas también creen a pie juntillas es un grave problema en un mundo hiperdesarrollado en donde la tecnología, sobre todo la militar puede llevarnos a un desastre de proporciones apocalípticas.
Porque el problema con la religión es que cada grupo de creyentes cree estar en posesión de la verdad absoluta porque un analfabeto y más que probablemente demente profeta de tiempos más o menos remotos afirmó recibir incuestionables instrucciones de una supuesta deidad que, lejos de existir, solo habitaba en su perturbada mente de enfermo psiquiátrico.
Y entonces los dementes de turno pueden cometer las mayores barbaridades. Así por ejemplo, circuncidados que llevan en su cabeza un gorrito circular estúpido (pero que tienen un poderoso ejército) y “saben” con total certeza que los pedregales palestinos les fueron dados en propiedad exclusiva pueden entonces asesinar impunemente a centenares de miles de inocentes: ancianos, mujeres y niños porque así lo dictó hace miles de años la siempre colérica zarza ardiente.
Esa misma delirante fe en otro dios diferente, difundida por un profeta barbudo y pederasta permite que millones de analfabetos creyentes consideren que la mejor forma de alcanzar los placeres “carnales” con 72 vírgenes es convertirse en un amasijo sanguinolento de trozos de hueso y carne tras explotarse el cinturón bomba que les convertirá en mártires.
Y el problema es que cuando millones de personas infectadas por el virus de la fe están convencidas de las delirantes estupideces plasmadas en un mohoso libro escuchan, apoyan y hasta eligen a otros imbéciles completos como ellos para que rijan los destinos de sociedades modernas que no lo olvidemos, tienen un arsenal atómico tan grande como extirpar de la faz de la Tierra a todos esos monos bípedos que se autodenominan sapiens aunque en realidad no hayan abandonado la brutalidad de la cavernas.
Exterminio masivo este último que quizás visto desde el punto de vista racionalista sea la mejor solución para que este minúsculo planeta se libere de una especie parasitaria tan peligrosa como los primates cabezones que actualmente estamos devastando la Tierra.



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