Los creyentes afirman con total rotundidad que su
"benevolente" divinidad nos concedió allá por el primigenio Jardín del Edén
el libre albedrío para poder elegir entre el bien y el mal. Y después según el
docto criterio de los mediadores de lo divino de las diferentes confesiones,
cada ser humano será juzgado por sus elecciones en la Tierra. Sin embargo, para
cualquier observador mínimamente racional este argumento además de infantil es ofensivo hasta grado sumo.
Los más variados pensadores han desmontado la falacia del
libre albedrío, doctrina bajo la que se asienta todo ese castillo de naipes
llamado religión. Sin embargo, una de las más evidentes pruebas de ese
monumental fallo humano de creerse el centro del universo y que sus
"decisiones" son relevantes en este casi infinito Cosmos en el
que vivimos es la existencia de esos millones de
desfavorecidos habitantes de los más depauperados países del Tercer Mundo,
seres desprovistos de cualquier rasgo de humanidad por esas perennes hambrunas
que convierten a las personas en meros muñecos rotos. ¿Qué capacidad de
pensamiento tienen esos miles de niños que mueren cada día antes siquiera de cumplir
unos pocos años?
¿Qué libertad de elección tienen esos adultos que más bien
parecen recién salidos de los campos de
exterminio nazis de la II Guerra Mundial?
¿Alá, Yaveh o Manitú van juzgar a unos seres que han sufrido
las más horribles pesadillas, cuando bajo cualquier punto de vista mínimamente moral
esa deidad (si existiera) debería ser juzgada y condenada a la pena más severa por idear y permitir tan espantoso cúmulo de sufrimientos?





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