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30 de noviembre de 2025

Ciencia frente a otros tipos de “conocimiento”

En cualquier debate o discusión con anticientíficos siempre llega un momento en que alguien utiliza el argumento supuestamente definitivo: como la Ciencia es muchas veces imperfecta, entonces ¿no debemos estar siempre abiertos a otros tipos de “conocimientos”? Y aquí tiene cabida cualquier cosa según lo que cada individuo crea que es ese nuevo (y la mayoría de las veces desconocido) «conocimiento».

Para ilustrar lo absurdo e irracional de este argumento déjenme poner un sencillo ejemplo. Imaginen que tienen que tomar la decisión de cómo vestirse mañana o que ropa llevar a su próximo viaje a un país remoto. Bajo el método científico los meteorólogos predicen (con mayor o menor acierto) si mañana va a llover en Atenas o si dentro de tres días va a caer la nevada del siglo en Canadá. En contraposición, siempre anda por ahí el típico labriego que atesora la sabiduría popular del Villabajo del Botijar, pero que desgraciadamente no se pone nunca de acuerdo con otros también “expertos” que afirman predecir el tiempo observando el estómago de una cabra recién sacrificada, rezándole a San Apapurcio Mártir, midiéndo los chacras o el resto de energías místicas del cosmos o con cualquier otro peregrino y absurdo «método» sea este arcano o de nuevo cuño.

Pero analizando racionalmente si hay que decidir coger o  no el paraguas mañana o ponerse chancletas de playa o botas aptas para la nieve ¿quién de todos estos individuos tendrá más posibilidades de acertar? porque dejarse asesorar por un experto en particular o tener en cuenta un determinado tipo de conocimiento implica en la práctica descartar los consejos del resto, ya que lo que no se puede hacer es salir a la calle vestidos con el atuendo playero del bañador y las chanclas, pero llevar también por si acaso paraguas, chubasquero, forro polar y botas con crampones.

Entonces aunque a veces (o muchas) se equivoque, la opción más razonablemente segura será siempre hacer caso el meteorólogo, porque su pronóstico del tiempo en España, Australia o Rusia está basado en modelos climáticos más o menos elaborados (que además se perfeccionan constantemente con cada nuevo conocimiento adquirido), series climáticas históricas y mediciones en tiempo real de los parámetros relevantes como temperatura, humedad, presión y demás, tomados tanto en tierra como en el aire, así como en la observación mediante satélites espaciales. Porque decidir si uno se pone pantalones cortos y camiseta o por el contrario se viste de esquimal haciendo caso al primer “experto” que pase, sólo porque ayer o la semana pasada el hombre del tiempo se equivocó, es la forma más rápida y segura de coger una pulmonía o de fallecer por deshidratación o hipotermia, según sea de extremo el clima del lugar.

Porque el método científico, con todas las limitaciones que tenga, es la única forma conocida en la actualidad (y hasta que una mente privilegiada nos descubra otra ¡quizás!) de comprender y desentrañar la realidad y sobre todo de tomar decisiones racionales con una razonable expectativa de éxito (más o menos alta dependiendo del campo en cuestión y de su desarrollo actual), intentando eliminar o minimizar esos terribles sesgos cognitivos que llevamos impresos en nuestro ADN y en nuestro cerebro, fruto de las presiones evolutivas ejercidas en nuestra ancestral sabana africana sobre unos simples monos sin pelo por parte de la siempre particular, y muchas veces también demasiado rácana, selección natural.

Pero sugerir, como hacen la infinidad de iletrados amantes de lo «alternativo», esos que tanto abundan entre esta siempre tan particularmente irracional especie, que como el conocimiento científico tiene limitaciones (y es muchas veces provisional) entonces debemos estar abiertos a cualquier otro tipo de “conocimiento” es del todo absurdo, además de contraproducente y muchas veces peligroso y hasta suicida. Porque volviendo al ejemplo de la meteorología, puesto que la tasa de aciertos de la previsión científica del tiempo es de tan sólo por ejemplo del 60% o del 80% ¿vamos entonces a dejar la planificación de todo el tráfico aéreo entre Canadá y Escandinavia en época invernal a Erik Guvtafsson, célebre campesino de la remota provincia de Norrbotten, porque predijo por ejemplo con increíble exactitud la nevada de 2019 o la sequía del verano de 2010 observando el comportamiento de su rebaño de renos y el vuelo del halcón peregrino? Seguro que los pasajeros del vuelo de Scandinavian Airlines entre Estocolmo y Ottawa de un 20 de diciembre embarcarían completamente  tranquilos y confiados si la azafata les comunica que según el experto pronóstico del Sr. Guvtafsson y sus perspicaces renos se espera buen tiempo durante todo el trayecto.

En contraposición, lo que se debe hacer en realidad sin pausa y con el máximo ahínco es dedicar más tiempo, dinero y recursos para aumentar, pulir y mejorar en la medida de lo posible la forma de obtener el conocimiento científico, para que este sea cuanto antes lo más exacto, fiel y riguroso posible. 

Pero por supuesto, lo que nunca se debe hacer bajo ninguna circunstancia es abandonar la ciencia o equiparar las conclusiones científicas (por muy limitadas que éstas sean en algunos campos) con otros tipos de “conocimientos”, que en el fondo (cuando se analizan en profundidad) no son más que formas de autoengaño más o menos elaboradas, o lo que es todavía mucho peor, de simple manipulación cuando no de manifiesta estafa.


 

 

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