Para ilustrar lo absurdo e irracional de este argumento déjenme poner un sencillo ejemplo. Imaginen que tienen que tomar la decisión de cómo vestirse mañana o que ropa llevar a su próximo viaje a un país remoto. Bajo el método científico los meteorólogos predicen (con mayor o menor acierto) si mañana va a llover en Atenas o si dentro de tres días va a caer la nevada del siglo en Canadá. En contraposición, siempre anda por ahí el típico labriego que atesora la sabiduría popular del Villabajo del Botijar, pero que desgraciadamente no se pone nunca de acuerdo con otros también “expertos” que afirman predecir el tiempo observando el estómago de una cabra recién sacrificada, rezándole a San Apapurcio Mártir, midiéndo los chacras o el resto de energías místicas del cosmos o con cualquier otro peregrino y absurdo «método» sea este arcano o de nuevo cuño.
Pero analizando racionalmente si hay que decidir coger o no el paraguas mañana o ponerse chancletas de playa o botas aptas para la nieve ¿quién de todos estos individuos tendrá más posibilidades de acertar? porque dejarse asesorar por un experto en particular o tener en cuenta un determinado tipo de conocimiento implica en la práctica descartar los consejos del resto, ya que lo que no se puede hacer es salir a la calle vestidos con el atuendo playero del bañador y las chanclas, pero llevar también por si acaso paraguas, chubasquero, forro polar y botas con crampones.
Porque el método científico, con todas las limitaciones que tenga, es la única forma conocida en la actualidad (y hasta que una mente privilegiada nos descubra otra ¡quizás!) de comprender y desentrañar la realidad y sobre todo de tomar decisiones racionales con una razonable expectativa de éxito (más o menos alta dependiendo del campo en cuestión y de su desarrollo actual), intentando eliminar o minimizar esos terribles sesgos cognitivos que llevamos impresos en nuestro ADN y en nuestro cerebro, fruto de las presiones evolutivas ejercidas en nuestra ancestral sabana africana sobre unos simples monos sin pelo por parte de la siempre particular, y muchas veces también demasiado rácana, selección natural.
En contraposición, lo que se debe hacer en realidad sin pausa y con el máximo ahínco es dedicar más tiempo, dinero y recursos para aumentar, pulir y mejorar en la medida de lo posible la forma de obtener el conocimiento científico, para que este sea cuanto antes lo más exacto, fiel y riguroso posible.
Pero por supuesto, lo que nunca se debe hacer bajo ninguna circunstancia es abandonar la ciencia o equiparar las conclusiones científicas (por muy limitadas que éstas sean en algunos campos) con otros tipos de “conocimientos”, que en el fondo (cuando se analizan en profundidad) no son más que formas de autoengaño más o menos elaboradas, o lo que es todavía mucho peor, de simple manipulación cuando no de manifiesta estafa.






No hay comentarios:
Publicar un comentario