Los documentos más próximos a la “vida” de Jesucristo son los escritos de un tal Saulo de Tarso varias décadas después de su supuesta muerte. Pero los hechos que rodean a estos escritos son más que sospechosos.
Primero porque Saulo nunca conoció a Jesús y es más, solo se preocupó por su legado tras caerse de un caballo y sufrir una fuerte conmoción que le mantuvo enfermo durante un tiempo. Entonces esa “aparición” del cristo puede entenderse ahora bajo el prisma de la neurociencia, ya que desde la década de 1950 se han presentado diversos trabajos científicos que sugieren una presunta epilepsia de Pablo de Tarso. También se ha propuesto que su visión y experiencias extáticas pudieron ser manifestaciones de epilepsia del lóbulo temporal. También se ha hipotetizaado un escotoma central como dolencia de Pablo, y que esa patología podría haber sido causada por una retinitis solar en el camino de Jerusalén a Damasco. Otro autor ha sugerido hasta seis posibles causas de la ceguera de Pablo en el camino a Damasco: oclusión de la arteria vertebrobasilar, contusión occipital, hemorragia vítrea secundaria/desgarro de retina, lesión causada por un rayo, intoxicación por Digitalis o ulceraciones (quemaduras) de la córnea.
Y lo más importante es que Saulo en toda su prolífica y piadosa redacción, que no olvidemos es la verdadera base del cristianismo, no hace ninguna referencia a ningún detalle de la vida de Jesús o a su supuesta madre virgen mostrando que no solo no conoció al nazareno sino tampoco a ningún otra personas que hubiera tenido alguna relación directa, indirecta o que simplemente hubiera oído hablar de algunos de sus portentosos “milagros”; porque si hubiera conocido alguno de estos grandes “logros” es más que seguro que los hubiera comentado aunque hubiera sido de pasada para reafirmar la naturaleza “divina” del mesías.
Sin embargo lo que se extrae con meridiana rotundidad de toda la correspondencia paulina es que Jesucristo es básicamente un ser etéreo, cósmico y nada diferente a cualquier otro dios de las mitologías paganas, ya que la figura del dios judío es tan solo una burda copia de otros previos que llevaban siglos siendo adorados en el mundo grecorromano.
Es por ello que se puede asegurar casi con total seguridad que el cristianismo es el hijo de los delirios de un pobre enfermo mental que mezcló en su fantasía lo que diversos predicadores judíos habían ido proponiendo durante décadas, sino siglos antes.
Y luego muchas décadas después, cuando el mito estaba ya asentado (y ya no había parecido alguno con ningún profeta judío por muy demente que éste fuera) otros 4 pobres fanáticos (de los que la iglesia no conoce ni sus nombres y por ello les puso al azar uno a cada uno) se dedicaron a inventar toda esa sarta de estupideces sobre palomas fornicadoras, gorrinos endemoniados, paseos por la superficie del agua, curaciones de cojos, sordos y ciegos y hasta resurrecciones de muertos putrefactos.



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