Que a estas alturas de la vida haya miles de millones de
descerebrados que argumenten (estúpida y ofensivamente por cierto) que en el
más allá existe un dios benevolente que cuida de los humanos cuando millones de
niños mueren de hambre, o carcomidos por infinidad de patógenos
inteligentemente diseñados o por terribles y dolorosos cánceres debería ser un
asunto prioritario para el sistema judicial y para la profesión psiquiátrica en
su conjunto.
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