
No puede haber nada más escandaloso que el maltrato infantil que se repite cada Semana Santa católica, con esas filas de niños tan pequeños que casi
son incapaces de andar con soltura, vestidos eso sí de nazarenos de riguroso
negro y trasportando humilladamente dolorosas cuando no sanguinolentas imágenes,
para que así vayan aprendiendo sin lugar a ningún tipo de duda que deben pagar
por unos inexistente pecados cometidos cuando ellos ni siquiera habían nacido y
que a este valle de lagrimas se viene a sufrir y a penar desde el principio y
hasta el día de la muerte, ya que únicamente somos juguetes (la mayoría de las
veces rotos) en manos de ese siempre incompresible, voluble, sanguinario y
egomaniaco diosecillo de pastores de cabras capaz de torturar tanto en vida
como en la muerte ante la más mínima desviación de sus disparatadas
disposiciones, o eso dicen los que saben, los alucinados sotanados que desperdician
miserablemente todos sus esfuerzos y su vida a desvelar los absurdos escritos
de unos pobres ignorantes dementes azotados por el sol del desierto y la
castrante soledad cristiana.