Los imbecilizados piadosos afirman con total rotundidad (y absoluta indigencia mental) que su
"benevolente" divinidad nos concedió allá por el primigenio Jardín del Edén una cosa llamada libre albedrío para poder elegir entre el bien y el mal. Y después según el
docto criterio de los mediadores de lo divino de las diferentes confesiones,
cada ser humano será juzgado por sus buenas o malas elecciones en la Tierra. Sin embargo, para
cualquier observador mínimamente racional que no esté infectado del siempre letal virus de la fe, este argumento tan ofensivamente infantil hace
aguas por todas partes.
Los más variados pensadores han desmontado la falacia del
libre albedrio, algo que está ya meridianamente claro por la gran cantidad de estudios científicos que han refutado esta peligrosa doctrina bajo la que se asienta todo ese castillo de naipes
llamado religión.
Sin embargo, una de las más evidentes pruebas de ese
monumental fallo humano de creerse el centro del universo y "pensar" que sus
"decisiones" son relevantes en este inconmensurable Cosmos en el
que vivimos es la terrible existencia de esos millones y millones de
desfavorecidos habitantes de los más depauperados países del Tercer Mundo,
seres casi desprovistos de cualquier rasgo de humanidad por esas perennes hambrunas y desastres naturales que convierten a las personas en meros muñecos rotos. ¿Qué capacidad de
pensamiento tienen esos miles de niños que mueren cada día antes siquiera de cumplir
unos pocos años?
¿Qué libertad de elección tienen esos adultos que más bien
parecen recién salidos de los campos de
exterminio nazis de la II Guerra Mundial?
¿Zeus, Viracocha, Osiris, Jesucristo, Alá o Manitú van juzgar a unos seres que han sufrido
las más horribles pesadillas? cuando es evidente que bajo cualquier punto de vista mínimamente moral
estas deidades (si existieran) deberían ser juzgadas y condenadas a las más severas penas por idear un mundo que permite tan espantoso cúmulo de sufrimientos.
Y mientras tanto, a día de hoy en el supuestamente civilizado siglo XXI debemos aguantar (y lo peor de todo, respetar) al prepotente analfabeto sotanado de turno que viene a culpar del mal en el mundo al engaño de una serpiente parlante sobre unos seres mitológicos ¡lo que hay que aguantar!



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