23 de abril de 2026

Dónde acecha el verdadero peligro y quiénes son los mayores asesinos

La
mente humana es una completa paradoja, aunque cuando se analiza desde el punto de vista evolutivo esta dicotomía desaparece, puesto que se hace evidente que el cerebro humano ha sido seleccionado por la siempre rácana selección natural a lo largo de los eones para calibrar y tender a la supervivencia inmediata y no para pensar racionalmente, ni a largo plazo, ni para tener en cuenta la estadística.

Nuestro cerebro se impacta con mucha facilidad con la última noticia luctuosa: el que un tiburón mate a un surfista en una recóndita playa de una isla perdida en el océano Pacífico, ese accidente de aviación (sobre todo si se han grabado imágenes de los restos calcinados)  o el último atentado yihadista perpetrado por el primer descerebrado buscador de vírgenes en el paraíso producen un miedo atroz, una inmensa ansiedad y un irracional pavor en millones de personas de todo el mundo, aunque vivan a decenas de miles de kilómetros del lugar de los hechos. 
 
Porque la gente es incapaz de pensar de manera objetiva sobre que el hecho de que que muera una, diez o cien personas en un hecho puntual aislado en un mundo más que superpoblado no es motivo para el pánico, sino que debería hacernos reflexionar acerca de cuáles son los verdaderos peligros que de verdad acechan a la Humanidad.

Así, y aunque pueda parecer sorprendente los mayores peligros y los más letales asesinos de humanos no suelen ser esos fanáticos yihadistas suicidas que han tan solo provocado alrededor de mil muertos en Europa en los dos últimos decenios, es decir la insignificante cifra estadística de unos 50 asesinatos al año para una población de más de 400 millones de habitantes. Y tampoco son los accidentes de aviación que han matado únicamente a varios centenares de europeos en las últimas décadas, por que hay que tener en cuenta que tan solo en España mueren al cabo del año unas 3.000 personas por accidentes fatales en su propio domicilio o lugar de trabajo, siendo las caídas de personas ancianas el grueso de estas desgraciadas muertes. Y nadie entra en su casa con la congoja y el miedo de poder morir al pisar mal un escalón o resbalarse en la ducha.

Sin embargo si se amplía un poco la vista y se analiza el contexto de manera racional no hace falta alejarse mucho para descubrir a un verdadero asesino en masa silencioso: la contaminación atmosférica.
 
Resulta que nuestra desaforada dependencia de los combustibles fósiles tiene un terrible precio: según datos oficiales de la Unión Europea alrededor de 300.000 habitantes del viejo continente mueren al año debido a la insidiosa y más que silenciosa contaminación atmosférica.  Es decir anualmente uno de cada 1.400 ciudadanos europeos mueren (o moriremos) por nuestra irresponsable tendencia a contaminar y a destruir nuestro propio entorno y el resto del planeta. Y a eso hay que añadir que la gran mayoría de estos decesos se producen tras largas y penosas enfermedades cardiorespiratorias o cancerígenas. Es decir muerte tras un  un lento y agónico sufrimiento. Algo que no preocupa en demasía a la mayoría de la población. Y además, luego alguien (muy ignorante o muy miserable) nos vendrá con el sermón de que las energías renovables son demasiado caras y no nos las podemos permitir. 
 
Pero el problema es que nuestro particular cerebro de primate, surgido para buscar la supervivencia inmediata en nuestra sabana ancestral frente a peligros claros y concisos: cocodrilos, hienas, leones y demás depredadores falla estrepitosamente a la hora de calibrar y sobre todo de buscar soluciones a los verdaderos riesgos que nos acechan en este mundo moderno para el cual la selección natural no ha tenido tiempo para prepararnos.
 

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