6 de agosto de 2026

Pero ¿de qué tienen miedo los católicos?

Una
de las mayores incongruencias de los religiosos en general, y de los católicos en particular, es que afirman creer que su dios omnipotente les protege de todo mal. Sin embargo, luego con su comportamiento diario contradicen constantemente esa supuesta fe en su "magnánimo" dios.

Y la demoledora prueba de que si fe es pura fachada es que ya hace más de un siglo que los cristianos mostraron la verdadera fortaleza (ninguna por cierto) de sus creencias cuando decidieron poner pararrayos en todos y cada uno de los campanarios de sus iglesias.


Porque, ¿no estaba claro que los rayos eran una muestra de la cólera divina y que por tanto, no solo no había que protegerse de ella, sino que estos fenómenos naturales deberían ser admirados por cualquier creyente con un mínimo de fe?

Y así, cuando llegó la pandemia coronaviral (supuestamente enviada o al menos consentida por el único dios verdadero) los más que cobardes católicos abandonaron raudos (como miserables ratas) esa santa plaza de San Pedro y dejanron más solo que la una al anciano obispo de Roma con su mágica bendición "Urbi et orbi", prédica que supuestamente todo lo puede porque así se lo comunicó hace siglos la paloma fornicadora a uno de los anteriores pontífices romanos.
 

Porque ¿qué puede haber más evidente que la soledad de un anciano, que dice representar al ser más poderoso del Universo, en una inmensa plaza vacía para corroborar la verdadera naturaleza de la religión?

A la vista de los hechos, solo queda certificar que los católicos son todos unos patéticos impostores (más que cobardes por cierto) y que verdaderos seguidores del nazareno demente quedan menos que linces ibéricos, quizás en toda España solo quede ese demente que en Gran Canaria afirmó cuando la policía le detuvo que se saltaba el confinamiento porque

"obececía órdenes de dios"
 
Porque si de verdad los creyentes confiaran en los milagros de su deidad de elección deberían dejar la sanidad pública para nosotros, los ateos que parece ser que no tenemos a nadie allá arriba que vele por nuestra salud. 


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