Uno de los principales argumentos de creyentes es que debemos no sólo respetar sus absurdos mitos prehistóricos, sino que además también debemos
caer rendidos y hasta extasiados ante su supremo argumento: ellos sienten a su dios y
muchas veces además conversan con él.
En este mundo supuestamente desarrollado se da una más que curiosa paradoja. Por una
parte si tu vecino te comenta en el portal de tu domicilio que siente la
presencia de las duendes y elfos, muy seguramente a lo más que puede optar es a recibir
una cortés pero más que forzada sonrisa de asombro para acabar siendo el hazmerreír de las juntas de propietarios; si tu
hijo te asegura muy seriamente que los libros de Harry Potter son su guía moral
sobre los que se apoya en su comportamiento diario te preocuparías sobremanera y
si al pasar la pubertad no abandona tan estúpido comportamiento muy seguramente
acabarás decidiendo llevarle por su propio bien y por tu paz mental a un psicólogo o incluso a un psiquiatra, puesto
que es más que evidente que algo se ha detenido o se ha roto durante su
desarrollo intelectual; si en una reunión tu jefe asegura con total rotundidad que
toma sus decisiones bajo el consejo de un chamán que invoca los espíritus de sus ancestros muertos no tardarás en ponerte a la faena de enviar currículos a troche y moche porque es evidente que la más que previsible debacle
empresarial te dejará más pronto que tarde en el paro y sin haber cobrado las últimas 3 ó 6 nóminas.
Sin embargo y muy curiosamente, si esas mismas personas indican que sienten la
presencia de la divinidad en forma de cocodrilo o paloma fornicadora, que esa insultante Biblia llena de asesinatos y genocidios de pobres
inocentes les guía en su comportamiento moral diario o si toman decisiones bajo la
atenta mirada de la zarza ardiente, del dios elefante o del profeta pederastas se produce un más que increíble milagro,
puesto que ese majadero demente deja instantáneamente no sólo de ser considerado un pobre
enfermo mental necesitado de compasión y experto tratamiento médico sino que alcanza un estatus superior que le puede llevar a las
más altas cotas de reconocimiento familiar, social y hasta político.
Y es este y no otro el grandísimo peligro de la religión, que es capaz de convertir a los más delirantes desequilibrados necesitados de tutela judicial y tratamiento psiquiátrico en ejemplos paradigmáticos de una sociedad que en realidad está podrida intelectualmente hasta
la médula.


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