Los creyentes llevan milenios “argumentando”
(pobremente por cierto) que existen “pruebas” de la existencia de un dios omnipotente
y sobre todo, benevolente para con los primates sapiens. Pero la realidad, la cruda
realidad de los hechos es que ese supuesto dios no aparece por ninguna parte.
A pesar de que todas las grandes mentes
religiosas se han devanado los sesos para demostrar la magnificencia y
magnanimidad del supuesto dios judeocristiano, las abrumadoras pruebas van en
su contra ya que no existe nada racionalmente vinculante entre un Universo
indiferente a la humanidad y una naturaleza despiadada que, si se puede
concluir que se dedica a algo es a encontrar miles de maneras para herir,
torturar y matar de las formas más horripilantemente dolorosas a quienes no somos
más que una insignificante especie de monos bípedos y cabezones que solo con la
extraordinaria ayuda de la siempre atea ciencia hemos podido empezar a
liberarnos de ese asfixiante yugo que la selección natural ha puesto como una
terrible Espada de Damocles encima de nuestra precaria supervivencia.
Pero he aquí, que en pleno siglo XXI todavía miles de millones de descerebrados analfabetos buscan sin descanso (y también sin ningún resultado) a esa esquiva divinidad que solo existe en sus perturbadas mentes.

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