15 de febrero de 2026

La soberana estupidez del Infierno

Los cristianos afirman que si no cumples los mandamientos de la zarza ardiente terminarás en el Infierno durante una eternidad de dolor, sufrimiento y horror. Pero cuando se analiza fríamente la delirante (y por qué no decirlo, estúpida) teología subyacente, el disparate conceptual es de órdago. 

Porque resulta que Dios y Satanás son archienemigos y el Diablo quiere que cuantos más pequen, más súbditos tendrá. Y resulta que cuando somos juzgados por Dios, los que han hecho caso al Maligno terminan en el Infierno.

Entonces ¿por qué narices va a torturar Satán a sus más leales servidores, solo para complacer a su enemigo cuando es evidente que ateos, pecadores irredentos y creyentes en el resto de las religiones han realizado magníficamente la labor del Maligno?

Es por ello que de existir un Diablo que reinara sobre algún lugar cada nueva alma que llegara a sus dominios sería recompensada, aunque solo fuera para ver rabiar por toda la eternidad a la siempre colérica zarza ardiente, tal y como muy divertidamente lo cuenta Jim Jefferies en el siguiente video. 

Pero claro, es más que evidente que a los religiosos, en su casi infinita ignorancia y estupidez, no se les puede pedir que usen de manera mínimamente correcta esa maravillosa herramienta que nos ha regalado la selección natural llamada raciocinio.

1 comentario:

  1. Según la doctrina católica actual, el infierno ya no es un lugar físico de sufrimiento infinito entre fuego y gobernado por Satanás, sino un estado definitivo de autoexclusión y separación eterna de Dios, provocado por la libre elección de morir en pecado mortal sin arrepentimiento, lo cual no se aleja mucho de la verdad. Incluso si se considera el infierno como una situación eterna de "desconexión absoluta de Dios", yo diría que se trata de la verdad: después de la muerte no hay absolutamente nada, y esa nada es lo que el catolicismo actual define a su manera como el "infierno". Quizás esta situación sea una grandísima tortura para los que creen en Dios (que por ello se aferran a la vana esperanza del paraiso), pero para los ateos sería la gloria: no volver jamás a escuchar nada sobre Dios ni las chorradas que sus acólitos dicen sobre él.

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