Los más pobres, los que no tienen ninguna esperanza suelen ser las personas más religiosas. Y es algo explicable. Cuando todo está en tu contra, cuando el mundo es un lugar inhóspito, peligroso y desagradable el cerebro humano se aferra a una invención, que en realidad es tan solo un deseo imposible: la esperanza de que tras el abandono de este valle de lágrimas haya un lugar mágico llamado cielo en donde todo será felicidad, abundancia y gozo.
Y la contraparte también es cierta, aquellos que creen en el cielo están más dispuestos a soportar dolor, sufrimiento o injusticias porque lo ven como una forma de ganar puntos para la dicha eterna y les da un propósito en sus desgraciadas vidas.
Y por supuesto esta mezcla de esperanza y fatalismo hace que las personas muy religiosas sean seres acomodaticios, capaces de soportar lo peor sin ni siquiera atreverse a cuestionarse las injusticias, porque si total solo les quedan unas décadas de terrible sufrimiento terrenal ¿para qué perder el tiempo en intentar luchar contra las iniquidades e infamias si creen que les esperan siglos, milenios y hasta millones de años de gozo?
Es por ello, que las religiones son una manera muy efectiva de controlar a las masas y perpetuar los privilegios de unos pocos y las más sangrantes injusticias.
Es por ello que como muy bien indicó el sagaz Napoleón:




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