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12 de mayo de 2016

Dónde acecha el peligro y quiénes son los mayores asesinos


La mente humana es aparentemente una paradoja, aunque cuando se analiza desde el punto de vista evolutivo esta perplejidad desaparece, puesto que se hace evidente que el cerebro humano ha sido seleccionado a lo largo de los eones para calibrar la supervivencia inmediata y no para pensar ni a largo plazo ni con grandes números.


Nuestro cerebro se impacta con facilidad con la última noticia luctuosa: el que un tiburón mate a un surfista en una recóndita playa del océano Índico, ese accidente de aviación (sobre todo si se han grabado imágenes de los restos calcinados)  o el último atentado yihadista perpetrado por el primer descerebrado buscador de vírgenes en el paraíso producen ansiedad y hasta pavor en millones de personas de todo el mundo. Aunque por supuesto cuando se piensa objetivamente el que muera una, diez o cien personas en un hecho aislado y sobre todo en un mundo más que superpoblado debería hacernos reflexionar acerca de cuáles son los verdaderos peligros que de verdad nos acechan.

Así y aunque pueda parecer sorprendente los mayores asesinos no suelen ser esos terroristas suicidas que han provocado alrededor de mil muertos en Europa en los dos últimos decenios, es decir la insignificante cifra de 50 asesinatos al año para una población de más de 400 millones de habitantes. Tampoco son los accidentes de aviación que han matado únicamente a varios centenares de europeos en las últimas décadas.

Sin embargo si se amplía un poco la vista no hace falta alejarse mucho para descubrir a un verdadero asesino en masa silencioso: la contaminación atmosférica. Resulta que nuestra desaforada afición a los combustibles fósiles tiene un terrible precio: según datos oficiales de la Unión Europea alrededor de 430.000 habitantes del viejo continente mueren al año debido a la insidiosa y más que silenciosa contaminación atmosférica.  Es decir anualmente uno de cada mil ciudadanos europeos mueren (o moriremos) por nuestra irresponsable forma de contaminar y de destruir nuestro propio entorno y el resto del planeta. Y a eso hay que añadir que la gran mayoría de estas muertes se producen tras largas y penosas enfermedades cardiorespiratorias o cancerígenas. Es decir muerte tras un terrible sufrimiento. Y luego alguien (muy ignorante o muy interesado) nos vendrá con el sermón de que las energías renovables son demasiado caras y no nos las podemos permitir. 


Pero claro nuestro particular cerebro de primate, surgido para la supervivencia en nuestra sabana ancestral frente a peligros claros y concisos: leones, hienas, cocodrilos y demás, falla estrepitosamente a la hora de calibrar, y sobre todo de solucionar, los verdaderos riesgos que nos acechan en este mundo moderno.

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