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7 de enero de 2011

Tabaco y religión: la misma intransigencia

Mucho se está hablando sobre la aplicación de la nueva ley antitabaco recientemente aprobada. A lo largo de este tiempo he ido observando un alto grado de paralelismo entre tabaquismo y religión y la forma en que sus respectivos defensores justifican su presencia.  Así esencialmente ambas son actitudes históricas cuyo ejercicio presenta graves perjuicios. El primero según la Organización Mundial de la Salud se ha asociado a más de 16 patologías y representa actualmente uno de los factores de riesgo más importantes para la salud de la población. La segunda ha sido a lo largo de la historia bien el origen bien la justificación de multitud de guerras y sufrimiento y en la actualidad aviva numerosos enfrentamientos a nivel mundial.
Los defensores de ambas esgrimen fundamentalmente un argumento basado en la tradición. Como la religión organizada lleva miles de años con nosotros y el tabaco se fuma desde hace casi medio milenio, entonces sus privilegios deben ser asumidos como connaturales. La respuesta simple a esta falacia es que otras tradiciones casi tan antiguas como la religión como por ejemplo la esclavitud han sido abolidas de cualquier sociedad civilizada, aun cuando varios libros sagrados actuales como por ejemplo la Biblia siguen justificando en sus páginas reveladas tan execrable violación de los más elementales derechos humanos. Es decir, la antigüedad no puede legitimar nunca “per se” ningún comportamiento.
Otro argumento reiterado es que tanto creyentes como fumadores practican sus ritos por elección personal. A ello también se le puede objetar que también existieron multitud de esclavos en la antigüedad que no querían ser liberados de sus cadenas pero no por ello se considera moral la esclavitud en la actualidad.
Un tercer argumento de religiosos y defensores del tabaquismo es que nadie puede ni debe coartar su libertad personal de creer o de fumar. Por supuesto esta afirmación es cierta en principio, pero es que nadie les quiere arrebatar sus derechos individuales mientras que los unos únicamente recen al amigo imaginario de su elección y los otros se intoxiquen también de forma personal. Ahora bien ambos colectivos convierten rápidamente estos derechos individuales en imposiciones al resto de los ciudadanos. A saber, los religiosos siempre exigen que la sociedad en conjunto acate sus particulares valores morales (sexualidad, legalidad de las relaciones personales, discriminación a diversos colectivos, etc.) y que además les financiemos sus cuestionables conductas con el dinero de todos mediante exenciones fiscales, sueldos de sacerdotes, ayudas a la construcción y mantenimiento de lugares y objetos de culto, proselitismo en las escuelas públicas, etc. por lo que sus actitudes abandonan rápidamente el ámbito de lo privado para parasitar la esfera de lo público. Los fumadores en cambio enarbolar la bandera de la libertad individual para obligar al resto de la sociedad a fumar con ellos también. Es cierto que un no fumador puede abandonar la proximidad de un adicto al tabaco pero cuando por ejemplo en todos los bares estaba permitido fumar esa libertad individual implicaba la expulsión de facto de esos locales a todos los que no soportaban el hedor a tabaco en su ropa, en su pelo o en sus pulmones. Además estos luchadores por la libertad siempre olvidan que el sector hostelero da trabajo en España a cerca de un millón y medio de trabajadores según el Instituto Nacional de Estadística. Como se calcula que el 70% de la población española no fuma, entonces estamos hablando de conculcar los derechos de un millón de trabajadores no fumadores, de los cuales más de un millar mueren anualmente en España por patologías asociadas al tabaco, para salvaguardar el derecho al tabaquismo de estos cruzados de la libertad. En resumen los pretendidos derechos individuales de creyentes y fumadores son simple y llanamente privilegios históricamente heredados que vulneran los principios también individuales de los que no se comportan o transigen como ellos. Y en democracia los derechos de una persona acaban donde empiezan los derechos de los demás.
También otro punto en común de estos dos grupos es su histórica obsesión por introducir en sus malsanos hábitos a niños y jóvenes. Como está demostrado que es muy difícil imponer costumbres perjudiciales o absurdas en adultos con criterio propio ya formado, las iglesias establecidas y la industria tabaquera han intentado desde siempre que nos engancháramos a sus respectivas drogas cuanto antes mejor para fidelizar a sus respectivas clientelas y así optimizar mejor los beneficios.
Otra característica común es que ambos grupos se sienten hostigados y acosados en nuestro país tanto por “laicistas radicales” como por autoritarios no fumadores en un claro ejercicio de ceguera y autocompasión. Ahora bien, mientras la mayoría de los fumadores entienden o sospechan que su hábito es claramente perjudicial para su propia salud y la de aquellos que les rodean aun cuando como buenos adictos no pueden evitar seguir consumiendo su letal pero placentera droga; los creyentes mayoritaria y obcecadamente siguen considerando su hábito milenario como garante de la paz, el amor y la bondad en el mundo, aun cuando no hay más que repasar las continuas declaraciones ofensivas de sus líderes hacia cualquiera que no piense como ellos y el uso que los extremistas más recalcitrantes hacen de la palabra divina para darse cuenta de la continua tergiversación de la que hace gala la religión organizada.
Finalmente otro ingrediente clave en la similitud entre religión y tabaquismo en España es la curiosa coincidencia entre los defensores de ambos colectivos de perseguidos. Sólo hay que escuchar a los tertulianos de la ultraderecha audiovisual más reaccionaria o leer sus ofensivas crónicas en sus equivalentes medios de comunicación escritos para llegar a la conclusión de que millones de españoles católicos y fumadores están siendo investigados, atormentados y humillados por un complot de naturaleza estalinista hasta su inexorable conversión al lobby homosexual como proclamaba hace poco el alucinado obispo de Córdoba o directamente su eliminación mediante un genocidio al más puro estilo nazi como teme el impresentable alcalde de Valladolid. ¿Casualidad nada más? Pienso que no, los reaccionarios de todos los tiempos siempre han sido maestros en la aplicación de la famosa ley del embudo.

2 comentarios:

  1. Así que para vos no deberían haber cristianos, ¿no? Qué pensamiento más antirreligioso, por Dios.

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  2. Como ya he dicho innumerables veces, la religión es una enfermedad mental que se debería eliminar.

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